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CURSO 2011-12

González Fraile, Eduardo: “Proyectar arquitectura es reconocer el lugar”. En Ramos Carranza, Amadeo / Añón Abajas, Rosa María: “Arquitectura y construcción: el paisaje como argumento”. Sevilla: Universidad Internacional de Andalucía, 2008. pp. 17-28.


Entre 1979 y 1981, Manuel Trillo de Leyva dirigió la asignatura de Elementos de Composición en la Escuela de Arquitectura de Valladolid auxiliado por los profesores José Altés Bustelo, José Lanao Eizaguirre y Eduardo González Fraile (autor de este capítulo). Estos tres años de docencia compartida dejaron honda huella entre profesores y estudiantes, en lo personal y en lo pedagógico. La temática que se desarrolla en el citado capítulo refleja parte de este legado intelectual, y tiene bastantes aspectos coincidentes con la temática proyectual del presente curso, por lo que creo que no sería desacertado reflexionar un poco sobre las ideas que en él se recogen.

En estas páginas se justifica y profundiza sobre lo que el propio título enuncia: “proyectar arquitectura es reconocer el lugar”. Pero el proceso de proyectar entendido como un proceso metodológico que determina una forma de crear –o descubrir– arquitectura. Una manera de dominar los hechos que vienen implícitos al hecho de proyectar y todo lo que le rodea, todos sus conceptos que quedan descubiertos con las intenciones del proyecto. Este procedimiento está apoyado fundamentalmente por el lugar, la cultura arquitectónica, y los materiales de la arquitectura en sentido amplio. Precisamente el primer aspecto bastante vinculado a los ejercicios del curso, sin olvidar los otros.

El objetivo del primer ejercicio del curso consiste, entre otras cosas, en proyectar arquitectura en un paisaje donde sus virtudes son tan evidentes y manifiestas que en el primer esbozo oprimen casi cualquier idea de arquitectura. En definitiva, se nos hace difícil concebir una arquitectura en un lugar tan natural, y por tanto tan complejo, que no altere o merme sus características. Se hace difícil conseguir que la realidad natural que define el paisaje no oprima la realidad arquitectónica que se pretende proyectar, o viceversa. Es por eso por lo que nuestra práctica proyectual ha de tener su arranque en el estudio y aproximación al lugar –en la memoria e historia del lugar– como un espacio capaz de albergar numerosas arquitecturas pero también entendido como una arquitectura misma. Surge entonces la necesidad del reconocimiento del lugar como proceso imprescindible para insertar una arquitectura que conviva y permita convivir en armonía con el paisaje. El objetivo es reconocer “un paisaje donde, tarde o temprano, el proyectista acabará recalando, con brújula o sin ella.”

Pero para reconocer un lugar primero tenemos que tener en cuenta que el paisaje no es sino la razón completa de una realidad, un cúmulo de órdenes y armonías que no son fácilmente reconocibles a simple vista. En definitiva, este orden oculto debe ser entendido como el argumento que fundamente un contexto, un proyecto. Por tanto, es imprescindible que el arquitecto sepa leer el texto o los textos presentados por el paisaje, que sea capaz de desvelar el guión del paisaje en el que se basará su proyecto. Para ello, en este curso se ha propuesto como instrumento de reconocimiento del paisaje el “Mapa de arquitectura”, con el que no se pretende otra cosa que explicar el orden de la naturaleza del paisaje. En nuestro caso del paisaje dunar de Matalascañas y de El Palmar, la configuración de los caminos, la distribución del arbolado, los tamaños de los espacios conformados por las copas, las escalas que se vislumbraban en las perspectivas a sucesivas distancias, la textura del suelo, la transparencia, las luces y sombras, la atmósfera, el viento, el calor… no son más que los constituyentes de esa realidad que conforma el paisaje y con la que ha de integrarse la nueva realidad arquitectónica.

Por tanto, a partir de este reconocimiento ha de entenderse el proyecto como la elaboración, el cambio, la condensación del paisaje en una arquitectura y la materialización de una nueva realidad que ha de concebirse como parte integrante del conjunto preexistente. Al igual que el paisaje era el argumento, el hilo conductor del espacio a intervenir, “el proyecto obliga al arquitecto a abrir los ojos a un mundo donde toda dimensión y lectura están caracterizadas por parámetros arquitectónicos: escalas, tensiones, correcciones perceptivas, leyes de organización no aparentes, huellas del pasado, sentido y ajuste de los programas y de las funciones, etc.” Como parte del proceso de proyectar cabe matizar ciertos conceptos que pueden ayudar a la concepción del proyecto, como son: el lugar, entendido como la materia, la forma, el espacio, las percepciones, las características en general que constituyen todo aquello que rodea la arquitectura a insertar; el emplazamiento, como sitio concreto en el que se sitúa el objeto dentro del lugar; y la implantación, como el conjunto de todo lo proyectado, lo que enlaza con el emplazamiento, las decisiones de proyecto.

En definitiva, el conocimiento del lugar es lo que nos permite comprobar si la arquitectura que se propone se adecua a lo que se pretende, a nuestras intenciones, si lo que proyectamos es viable, si el proyecto evidencia aquella otra arquitectura que esconde el lugar. Es decir, “proyectar arquitectura es reconocer el lugar” simplemente porque reconocer el lugar no es más que identificar las características, las propiedades y el funcionamiento del lugar para, en función de ello, proyectar, lo que es elegir un emplazamiento que junto con una propuesta de implantación arquitectónica responda a esa realidad (o realidades), la utilice, la potencie, la armonice, la evidencie…

González Fraile, Eduardo: “Proyectar arquitectura es reconocer el lugar”. En Ramos Carranza, Amadeo / Añón Abajas, Rosa María: “Arquitectura y construcción: el paisaje como argumento”. Sevilla: Universidad Internacional de Andalucía, 2008. pp. 17-28.

José María Correa Arenas (1 de Julio de 2012)

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