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Jane Jacobs

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FRAGMENTOS CRÍTICOS 2 – noviembre 2015


La Segunda Parte del libro de Jane Jacobs MUERTE Y VIDA DE LAS GRANDES CIUDADES, está dedicado a Las condiciones para diversidad urbana. Se inicia esta parte con el capítulo 7, titulado Los generadores de la diversidad, del que extraemos los siguientes párrafos:

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“Es fácil caer en la trampa de considerar los usos de una ciudad cada uno por separado, por categorías. De hecho, el hacer esto -analizar las ciudades uso por uso- se ha convertido en la táctica habitual para urbanizar. Las conclusiones de distintas categorías de usos se juntan entonces en un marco amplio y global (…)

Para entender una ciudad hemos de ocuparnos abiertamente, como su manifestación esencial, de las combinaciones o mezclas de usos, no de estos por separados (…) Es característico el hecho de que, cuanto más grande es una ciudad, mayor es tanto la variedad de su actividad fabril, como el número y proporción de sus pequeños fabricantes… las grandes empresas tienen mayor autosuficiencia que las pequeñas, son capaces de cubrir por sí misma la mayoría de sus necesidades de mano de obra cualificada y equipo, pueden almacenar ellos mismo y, finalmente, pueden vender a mercados más amplios y buscarlos donde haga falta. No necesitan radicar en las ciudades y, aunque a veces les sea más ventajoso instalarse en ellas lo normal es lo contrario. Pero para los pequeños industriales es exactamente lo contrario… Dependientes de una enorme variedad de otras empresas urbanas, añaden a su vez algo a esa diversidad. Esto último es importante: la diversidad urbana origina, permite y estimula más diversidad (…)

La diversidad, de cualquier clase, generada por las ciudades se fundamenta en el hecho de que en éstas hay muchas personas muy juntas, y entre ellas reúnen muchos gustos, conocimientos, necesidades, preferencias, provisiones y comeduras de coco.

Incluso los establecimientos más sencillos compuestos por el propietario y un empleado -ferreterías, quioscos, tiendas de golosinas y bares-, pueden florecer en número y presencia en los distritos urbanos animados, porque hay gente suficiente para mantenerlos en cortos y cómodos intervalos; a su vez esta comodidad y esta cualidad interpersonal vecinal es en buena parte el género que venden estos establecimientos. En cuanto dejan de ser frecuentados en cortos y cómodos intervalos, pierden activo. En un determinado ámbito geográfico, la mitad de la gente no mantendría la mitad de empresas semejantes repartidas en el doble de terreno. Cuando surge la incomodidad de la distancia, los establecimientos pequeños, diversificados y personales se marchitan (…)

En un asunto tan sencillo para la amenidad y diversidad urbana como son los restaurantes interesantes, el millón y medio de habitantes del Bronx no son capaces de generar uno…

(…) Sin embargo, podemos descubrir fácilmente las condiciones que generan la diversidad urbana si observamos con atención los lugares donde florece esa diversidad y estudiamos las razones económicas que la hacen nacer en dichos lugares (…) Para generar una diversidad exuberante en las calles y distritos de una ciudad son indispensables cuatro condiciones:

Primero, el distrito, y sin duda cuantas partes del mismo como sean posibles, ha de cumplir más de una función primaria; preferiblemente, más de dos. Éstas han de garantizar la presencia de personas que salen de sus hogares en horarios diferentes y que están allí con fines distintos, pero capaces de usar muchos equipamientos en común.

Segundo, la mayoría de las manzanas han de ser pequeñas, es decir, las calles y las ocasiones de doblar esquinas deben ser abundantes.

Tercero, el distrito ha de mezclar edificios de distintas épocas y condiciones, incluyendo una buena proporción de casas antiguas, de forma que presenten una gran variedad en su rendimiento económico. Esta mezcla ha de ser necesariamente bastante compacta.

Cuarto, ha de haber también una concentración humana suficientemente densa, sean cuales fueren los motivos que los lleven allí. Esto requiere una densa concentración de personas presentes en dichos lugares por ser su residencia habitual”

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Jane Jacobs dedica los capítulos 8, Necesidad de la combinación de usos primarios; 9, Necesidad de manzanas pequeñas; 10, Necesidad de edificios antiguos y 11, Necesidad de concentración, a desarrollar estas cuatro condiciones indispensables para la diversidad urbana. No menos interesante es el último capítulo que concluye esta segunda parte de su libro Muerte y vida de las grandes ciudades, titulado Algunos mitos sobre la diversidad.

 

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FRAGMENTOS CRÍTICOS 1 – octubre 2015


Iniciamos una nueva actividad. Bajo la categoría FRAGMENTOS CRÍTICOS extraeremos párrafos de un libro para el estudio, reflexión y opinión crítica a través de nuestro blog del tema que se propone.

Siendo ésta una actividad docente del curso 2015-16 (grupos 4,03 y 4.04 de la ETSA de Sevilla), esperamos también la participación de todos aquellos que deseen opinar crítica y constructivamente sobre el texto propuesto, estableciendo relaciones con otras líneas de pensamiento.

En este primer cuatrimestre propondremos tres FRAGMENTOS CRÍTICOS de un mismo libro (octubre, noviembre y diciembre). El elegido es el libro de Jane Jacobs MUERTE Y VIDA DE LAS GRANDES CIUDADES, texto original de 1961; estos fragmentos están tomados del editado por Capitan Swing de la colección “Entrelíneas” (3ª ed., junio 2013):

 

Jane Jacobs dedica los tres primeros capítulos de su libro al uso de las aceras. De los capítulos 1 y 2 extraemos el siguiente fragmento crítico (la lectura completa de ambos capítulos ayudará a comprender el sentido de estos fragmentos)

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“Las calles de las ciudades sirven para muchas cosas aparte de para transportar vehículos; y las aceras de las ciudades –la parte peatonal de las calles- sirven para muchas cosas aparte de para transportar peatones. Estos usos están en estrecha relación con la circulación, pero no son idénticos a ella y son, por derecho propio, al menos, tan básicos como la circulación para el buen funcionamiento de las ciudades.

(…) Las calles y sus aceras, los principales lugares públicos de una ciudad, son sus órganos más vitales (…) Cuando las calles de una ciudad ofrecen interés, la ciudad entera ofrece interés; cuando presentan un aspecto triste, toda la ciudad parece triste (…) Cuando la gente dice que una ciudad o una parte de la misma es peligrosa o que es una jungla, quiere decir principalmente que no se siente segura en sus aceras (…)

Esto ya lo sabe todo el mundo: una calle muy frecuentada tiene posibilidades de ser una calle segura. Una calle poco concurrida es probablemente una calle insegura. Pero ¿cómo funciona esto? Y, ¿por qué unas calles son más frecuentadas que otras? ¿Por qué la gente evita en lo posible las aceras de la alameda de Washington Houses, que deberían ser un atractivo para ella? ¿Por qué las aceras de la parte vieja de la ciudad, que linda con ella al oeste, están sin embargo siempre llenas de gente? ¿Y las calles que están llenas la mayor parte del tiempo y que de repente se vacían?

(…) En primer lugar, debe haber una neta demarcación entre lo que es espacio público y lo que es espacio privado. Los espacios públicos y privados no pueden emborronarse, como sucede generalmente en los barrios residenciales o en los complejos de viviendas.

Segundo, ha de haber siempre ojos que miren a la calle, ojos pertenecientes a personas que podríamos considerar propietarios naturales de las calles. Los edificios de una calle equipada, para superar pruebas de los desconocidos y, al mismo tiempo, procurar seguridad a vecinos y desconocidos, han de estar orientados de cara a la calle. No deben dar su espalda ni sus muros a la calle dejándola así ciega.

Tercero, la acera ha de tener usuarios casi constantemente, para así añadir más ojos a los que normalmente miran a la calle, y también para inducir a los que viven en las casas a observar la calle en número y ocasiones suficientes.

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Al hablar de seguridad en las aceras de una ciudad, dije lo necesario que era que, en la mente de cada par de ojos presentes hubiera una convicción casi inconsciente que la calle en general le apoyaría cuando se presenta una ocasión para ello (…) Esta convicción tiene un nombre: confianza. La confianza en una calle se hace con el tiempo a partir de muchos y ligeros contactos públicos en sus aceras (…)

Cercanía es una expresión adecuadamente nauseabunda para un viejo ideal de la teoría urbanística. Este ideal es que si las personas comparten algo deben compartir muchas cosas. Aparentemente, una fuente de recursos espirituales en las nuevas zonas residenciales periféricas, la “cercanía” resulta destructiva en las ciudades. La obligación de compartir demasiadas cosas distancia a la gente.

(…) Así, por ejemplo, en un barrio de la ciudad de New York, proyectado –como todas las urbanizaciones residenciales ortodoxas- para compartir muchas cosas o ninguna, una extrovertida mujer se enorgullecía de haber conseguido relacionarse, mediante un esfuerzo deliberado, con las madres de todas y cada unas de las noventa familias de su inmueble. Las visitaba. Las acorralaba en la puerta de sus pisos  o en el portal. Sacaba conversación si se sentaba con ellas en un banco.

Pero sucedió que un hijo suyo de ocho años se quedo atascado cierto día en el ascensor y allí se quedó durante más de dos horas sin recibir ayuda y esto a pesar de que gritaba y golpeaba la puerta. Al día siguiente, la buena señora expresaba su horror a una de sus noventa conocidas. “¿Ah, pero era su hijo?  -dijo la otra mujer. “No sabía de quien era el chico. Si hubiera sabido que se trataba del suyo le habría ayudado”

(…) El contacto público en las aceras y la seguridad pública de estas, aliados, pueden incidir en el más grave problema social de nuestra nación: la segregación y la discriminación racial.

No quiero decir con esto que una cierta manera de proyectar y urbanizar una ciudad, o sus tipos de calles y la vida que en éstas se desarrolla, puedan superar automáticamente la segregación y la discriminación. Para enderezar estas injusticias se requieren muchos otros y muy diferentes esfuerzos.

Lo que sí afirmo es que construir  y reconstruir grandes capitales con aceras inseguras y cuyos moradores sólo tienen la alternativa de compartir mucho o nada, puede hacer muchísimo más difícil a las ciudades americanas la tarea de eliminar la discriminación”

Jane Jacobs: Muerte y vida de las grandes ciudades; Madrid: Capitan Swing, 2011.


El libro de Jane Jacobs, publicado en el 1961 a Nueva York, es considerado un clásico de la sociología urbana. Se trata en realidad de un libro fundamental sea por cuánto concierne la interpretación del fenómeno urbano, sea por cuánto concierne la crítica a la idea tradicional de planificación urbanística.

Las cuestiones puestas en Muerte y vida de las grandes ciudades se interrogan sobre un nudo fundamental: ¿es el urbanismo realmente la solución por los problemas de las grandes ciudades, o representa en cambio una visión intellettualistica, empapada de utopismo, olvidadiza de la naturaleza concreta y del modo de interaccionar de las ciudades reales?

La Jacobs nos acompaña por lo tanto en la primera parte del libro, La naturaleza específica de la realidad, hacia el descubrimiento del mundo real, para observar de cerca las ciudades y para comprender el funcionamiento de este mundo en apariencia misterioso y contradictorio.

En la segunda parte, Las condiciones de la complejidad urbana, un principio que emerge como factor común en todas las realidades urbanas es la compleja y surtida diversidad de usos interdependientes entre ellos, sea del punto de vista económico sea de aquel social.

Por cuánto concierne la ciudad, la Jacobs demuestra claramente cómo ésta es una realidad auto-organizada, un caso de “complejidad organizada” o sea una situación en que una miríada de factores se combinan espontáneamente en estructuras ordenadas. En un sistema de este tipo, la diversidad y la pluralidad son recursos y no problemas. La mezcla de las funciones urbanas y la alta densidad de población son puntos fuertes y no de debilidad. La ciudad emerge, en esta óptica como un inmenso laboratorio dinámico de experimentación de estilos de vida y formas de producción y cambio: lo que a muchos sólo parece caos es en realidad una forma desarrollada de orden.

Otra característica de las ciudades, tal como evidenciado en la tercera parte del volumen, Factores de decadencia y regeneración, es su extraordinario dinamismo que puede conducir casi de estadios de involución y decadencia hacia revitalización y regeneración urbana.

Los “generadores de diversidad” son aquellos factores a tener en cuenta para crear en los lugares identidad y función. Para poder entender la ciudad no hace falta considerar singularmente las funciones urbanas, por categorías, o tomar en consideración los usos individuales, sino sus combinaciones y mezclas, para estimular la diversidad y los espacios de relación. En la ciudad la monotonía es hostil de los cambios sociales y económicos.

En conclusión, Nuevas tácticas de intervención, son presentadas algunas propuestas adecuadas a mejorar la calidad general de las ciudades: desde las técnicas del tráfico y de los alojamientos, a las impostaciones urbanísticas, arquitectónicas y a los procedimientos administrativos.

Por cuánto concierne la planificación urbanística tradicional, la Jacobs somete a una crítica severa y convincente el scientismo y el dirigismo que de largo tiempo estan a fundamento. El enfoque tradicional a la planificación ha considerado la ciudad como un sistema simple, una especie de máquina fácilmente conocible y en conjunto modelable, antes que como un fenómeno de complejidad organizada que evita a cada comprensión de detalle y a cada tentativa de guía finalizada. En tal modo, la planificación urbanística ha impuesto a las ciudades esquemas estáticos, inadecuados a la naturaleza de los problemas y totalmente arrancados de la realidad.

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