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Mike Davis

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Davis, Mike: “Fortress L.A.”; en City of Quartz. Londres: Verso Books, 2005, pp. 221-263


El libro es un interesantísimo recorrido por los procesos especulativos y las herramientas de opresión llevados a cabo en Los Ángeles durante el S. XX. Particularmente nos interesa este capítulo 4, Fortress L.A., donde desgrana cómo en los últimos 50 años se ha diseñado la privatización del espacio urbano, la militarización de la ciudad y la segregación de sus habitantes. Desde el diseño territorial hasta el diseño del mobiliario urbano pasando por los espacios verdes, todo concebido por poderosos intereses especulativos y para el bienestar de una minoría. Se trata de la destrucción de la ciudad Olmstediana, la cuna del urbanismo norteamericano, aunque de alguna forma parece muy fácilmente aplicable a España.
Ciudades divididas en celdas fortificadas o lugares del terror como únicas opciones, ciudades donde la institucionalización del miedo y la opresión han ganado la batalla a las reformas urbanísticas planteadas en los años 60 para la integración social y han extirpado la diversidad cultural por medio del acoso, llevándola hacia guetos aislados carentes de los más mínimos servicios y equipamientos.
Particularmente denuncia, por ejemplo, cómo reconocidos arquitectos de la talla de Frank Gehry son cómplices en el diseño de estas ciudades agresivas. Una arquitectura rebosante de testosterona, diseñada por un lado para oprimir y someter a unos e infantilizar y sobre-proteger a otros. Una arquitectura hostil para todos que, confina a los afortunados en cárceles del consumo donde se mercantiliza su tiempo de ocio mientras son monitorizados y avisa a los no admitidos con empalizadas de tres metros, murallas con almenas y cámaras de seguridad de que no van a ser bien recibidos. Todo controlado desde comisarías de policía situadas en el mismo corazón de estos centros comerciales. ¿Alguien no sabe aún qué es el Panoptico de Bentham?, pues se lo puede saltar y pasar directamente a “Vigilar y castigar” de Foucault, M.
Se ensaña con Gehry particularmente como ejemplo de arquitecto amigo del poder privado y ejecutor de las ideas estos, realizando un recorrido alternativo por su obra bastante más lúcido que el de muchos críticos de arquitectura que lo han alabado. Haciéndole encarnar el papel de Harry el sucio, explica como construye edificios que “conjuran al Otro y proyectan la sombra de su propia paranoia arrogante sobre las calles sórdidas, aunque no especialmente hostiles”, arquitectura rancia en que la forma sigue a la función cuando la función es intimidar, ahuyentar, disuadir y lo peor mostrar a los ciudadanos que la ciudad es hostil y agresiva, que hay que refugiarse en los acorazados, búnkers y fuertes que él construye, como la Biblioteca Goldwing con muros seguridad de 4 metros de alto, barricadas con revestimiento de baldosas cerámicas anti-grafiti, cámaras de seguridad y una entrada subterránea protegida por rejas de 3 metros de alto con puestos de guardia a modo de barbacanas. A mí particularmente me recuerda más a la sobria monumentalidad del gran arquitecto Albert Speer.
Habla también del modelo de viviendas en urbanizaciones protegidas por guardias armados en las que los propietarios tienen que dar aviso si esperan visita. Del desplazamiento al trabajo por grandes autovía que rodean las zonas peligrosas y las aíslan como un cáncer. Del trabajo y ocio en centros de negocio donde la propiedad de todo el suelo es privada, con derecho de admisión, con controles de seguridad a la entrada. En definitiva, un urbanismo basado en la paranoia colectiva y la exclusión social.
Deliberadamente se proyecta un espacio urbano amenazante, con un mobiliario y equipamiento urbano disuasorio donde los asientos de las paradas de autobús permiten apoyarse pero no sentarse o acostarse y los equipos de riego de los parques están programados para que comiencen a funcionar aleatoriamente durante la noche. Sobre este tapiz se proyecta la sombra de fortalezas amenazantes como la sede del diario Los Ángeles Times o los mega-centros comerciales. Es la criminalización de la pobreza, es más, es la persecución abierta, el hostigamiento de los sin techo por parte de las administraciones, a cara descubierta, con el beneplácito de sus conciudadanos y el sadismo de la policía.
También, a escala territorial, explica los procesos mediante los cuales se han construido ciudades insostenibles en mitad del desierto de Mojave, a más de cien kilómetros de la ciudad más cercana destruyendo espacios naturales únicos en el mundo.
En definitiva es una denuncia documentada, fruto de 10 años de investigación, sobre:
– la corrupción en el Estado de California.
– la cultura del pelotazo inmobiliario a escala territorial
– la repercusión de la arquitectura y el urbanismo en la vida de todas las clases sociales.
– el urbanismo y la arquitectura como instrumento del terror.
– la privatización del espacio urbano como medio de mercantilización del ocio y el tiempo libre.
– la extorsión y el chantaje para cambiar seguridad frente a un enemigo inventado, a costa de intimidad y derechos sociales.
– la demonización de la sociedad, por lo tanto la búsqueda del chivo expiatorio en El Otro, la criminalización de la multiculturalidad y de la pobreza, con la indolencia de los que se creen beneficiarios de la seguridad.
– la perpetuación de modelos clasistas, cuando no abiertamente racistas.
Es un libro que habla de codicia y de injusticia en la arquitectura, para que luego digan que con la arquitectura no se puede cambiar el mundo y que al final la modernidad no era más que otro inocuo estilo arquitectónico. Claro que fueron dos arquitectos americanos los que la banalizaron hasta convertirla en panfleto de inmobiliaria y se forraron haciendo rascacielos con forma de silla.

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